Lluvia Negra: Manifestación de la dignidad Japonesa

©Kuroi ame
Por Juan Carlos Niño Niño

El aspecto más impactante de la película japonesa “Lluvia negra” es la entereza con la que los protagonistas (una joven que convive con sus tíos y la abuela senil), tratan de continuar con su vidas, aún con lo angustiante y aterrador de la bomba atómica en Hiroshima, ignorando a diario la amenaza de que aparezcan los síntomas de la radiactividad, incluso con el paso del tiempo pretenden suponer que a nadie del núcleo familiar los va a afectar y que van a continuar sin ningún problema con sus vidas.



Lo lamentable es que a pesar de la alegría y bondad de los participantes, aún con una aparente buena salud y muchos proyectos por desarrollar, el “virus radiactivo” paulatinamente se va despertando y se apodera lentamente de los personajes, lo que va no solo desmejorando de manera dramática la condición física de cada uno, sino además sumiéndolos en una profunda tristeza y finalmente en la locura mental, lo que he hace reflexionar sobre las hondas heridas del arma letal de Estados Unidos al final de la Segunda Guerra Mundial.



La cinta de finales de los ochentas, es filmada en blanco y negro con el fin recrear aún más el ambiente de la década de los cuarenta, lo que realza aún más su escena de carácter teatral, con mucho diálogo y expresiones histriónicas, que realzan aún más la cultura y las costumbres de aquel ancestral pueblo del Pacífico, en donde se vuelve aún más dramático cuando un hombre de tercera edad (el tío) termina por enfrentar con dignidad el declive moral y físico de su familia.



Otro acierto de su director japonés Shohei Imamura es el personaje del escultor o tallador de madera, quien su tranquilo encierro en el taller artístico se cambia por un estado de exaltación y locura cuando escucha el ruido de un vehículo, con la reacción inmediata de detener el mismo, atravesando palos de madera a las llantas del vehículo, en donde se grafica de manera magistral el “estrés postraumático” de la guerra, y demuestra otra consecuencia fatídica de esa confrontación mundial.



Ese humilde tallador de madera inicia un romance lento pero profundo con la protagonista, lo que destaca el sentido de la vida, incluido el acontecimiento de amor, sin pomposidad ni grandilocuencia sino más bien de cómo la suma de cosas sencillas es el punto de partida de una relación de pareja, donde lo más importancia es la transparencia y la lealtad a un sueño conjunto, pero que se apaga cuando ella afronta la sintomatología de la radioactividad, pero que a la vez demuestra el amor inquebrantable del tallador, a quien lleva de brazos al hospital, mientras que le reitera su amor para siempre.