Ensayo: De los principios y de las palabras ~ Ciclo de Derechos Humanos

Por Rafael Ramón Salvatore Rubio Pupo

Imagínese un Estado Democrático cuya Constitución Política se basa en dos principios fundamentales. El primero dice que “la mayoría puede decidir sobre los derechos de las minorías toda vez que prima el interés colectivo sobre el particular o minoritario”. El segundo, que “las horas de trabajo equivalen a horas vida las cuales se entregan a causas que no necesariamente son propias y en virtud de esto el sueldo es el mismo para todos independientemente del oficio que las persona desempeñen”. De tal manera que el Presidente de esa República, elegido democráticamente, devenga el mismo sueldo que un profesor o cualquier otra persona que desarrolla un oficio.

En esta particular e hipotética sociedad democrática de consumo el estatus lo da el oficio o la designación porque todos ganan lo suficiente como para poder acceder a los mismos bienes y servicios.

Amable lector, de la manera más cordial le pido el favor de tomarse un momento para imaginar que usted hace parte de esa sociedad y que lo haga al margen de todas sus creencias espirituales y convicciones políticas. Pero imagíneselo en detalle; con una economía robusta, gran infraestructura, orden público estable, salud, vivienda y educación con altos estándares al acceso de todos.

Imagínese que al tenor del segundo principio el Estado fijó un máximo de 30 horas vida semanales que se pueden dedicar al trabajo. Además, como se gana tan bien y se cuenta con suficiente tiempo libre para el desarrollo de actividades extralaborales entonces los trabajadores gastan bastante.

Si bien los impuestos al consumo son altos éstos son bien distribuidos por el Estado y gracias a la economía del consumo las arcas públicas cuentan con tanto dinero que la mayoría de las personas, mediante algún mecanismo democrático de participación, deciden que “no trabajar es una opción tan legítima como lo es trabajar y en virtud de esto el Estado le dará un subsidio a las personas que no quieran trabajar, equivalente a las 30 horas vida de las personas que libremente escogieron trabajar”.

Una minoría de la población, tan solo del 5%, decide libre y constitucionalmente no trabajar. Si, se dedicaron a pensar en silencio y solitos. Normativamente se les denomino como “pensadores solitarios” dignos de recibir el subsidio acordado por la mayoría y objeto de una protección especial que le prohibió a la mayoría interrumpir su pensamiento porque ese es, constitucionalmente, el oficio de ellos. De tal manera que los pensadores solitarios debían usar un distintivo que le permitiera a la mayoría identificarlos para no interrumpir su pensamiento.

Años después, un día cualquiera, dos de estos pensadores solitarios se encontraron caminando e intercambiaron pensamientos a través de la palabra. Estos dos hablaron con otros cuatro, los cuatro con ocho y así hasta que todo ese 5% de la población se puso de acuerdo sobre algo que a la mayoría de la población (el restante 95%) le pareció inadecuado en función de la forma de vida a la que se habían acostumbrado ¿Se acuerda cómo?

La molestia fue tanta que mediante el mismo mecanismo de participación ciudadana y en virtud del primer principio fundamental: la mayoría decidió que los pensadores solitarios, plenamente identificados, debían morir así que los mataron.

El gobernante no le dio la orden a la fuerza pública para no deslegitimarla sino que le dio un poder especial a cualquier persona mayor de 14 años que no fuera pensador solitario de asesinar a cualquier pensador solitario en un término no mayor de 72 horas contadas a partir de conocer el resultado de la votación.

El resultado de la votación así como la orden subsecuente eran impensables para todos, sin embargo la acción de la mayoría fue fulminante y efectiva. No quedó ni un pensador solitario vivo y en la acción legal no murió ninguno de la mayoría.

La fuerza pública fue encomendada para restablecer el formidable orden social descrito anteriormente y así lo hizo normalizando la vida cotidiana, que amablemente les solicite imaginar al principio de esta narración.

Algunos integrantes de la mayoría, tan solo una fracción inferior al 5% de estos no votaron (5% del 95%) y no hicieron efectivo el poder especial de dar muerte a esa minoría. Decidieron no hacer uso del derecho otorgado por el Estado declarándose objetores de conciencia porque les pareció una decisión legal pero inhumana y fueron denominados por la nueva mayoría como “los objetores”, convirtietiendose en la nueva minoría…

Cómo se imagino viviendo usted? Como la mayoría trabajadora? Como un pensador solitario o como un objetor de conciencia?

Medítelo.

Por favor no se moleste con mi narración introductoria. Esto, es cuestión de principios y del uso de la palabra.