Perspectiva Bidimensional del Totalitarismo: Entre la inestabilidad democrática como fuente positiva y el infierno de Dante.

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Perspectiva Bidimensional del Totalitarismo: Entre la inestabilidad democrática como fuente positiva y el infierno de Dante

Por Juan Guillermo Jiménez Ramirez

1. TOTALITARISMO.

A través de la historia han surgido distintos modos para expresar el ímpetu de nuestra especie humanoide. Quizás con estas manifestaciones se quería delimitar un escenario con el cuál la propia historia encaminara sus presupuestos hacia el desarrollo de mecanismos morales y éticos más adecuados. Pero al contrario de un ambiente poético, idealizado y estipulado, todos estos mecanismos terminaron por ser la fundamentación de una propaganda dentro de la cual se enmarca la siguiente expresión: “sólo el populacho y la elite pueden sentirse atraídos por el ímpetu mismo del totalitarismo; las masas tienen que ser ganadas por la propaganda” (Arendt, 1998: 279).

Esta fuerte y rigorosa expresión de Hannah Arendt dejará estipulado la agresividad sobre la cual el totalitarismo vislumbra al contexto moderno y lo manifiesta, aunque de manera demagógica, como la destrucción conceptual del ser humano actual. Es decir, la destrucción de la idea misma de humanidad, debido ya no a la revolución industrial, a sus beneficios económicos y sociales, o por qué no, al espíritu capitalista de Max Weber, sino a otro tipo de industrialización, hablamos de, un organismo que se reelabora diariamente por legitimar la muerte; un espécimen que tiene como fundamento el movimiento totalitario sobre el cual se enmarca la nueva idea ficticia de desarrollo científico.

He aquí, la revolución de los mecanismos de industrialización bajo un ámbito o sistema propagandístico. Si observamos los discursos obstinados y poderosos de Adolfo Hitler, descubriremos que fueron verdaderos presupuestos de una propaganda sobre la cual se tejía el empoderamiento absoluto bajo mentiras y frases ficticias. Este poderoso discurso se valía de altos tecnicismos y artilugios con el fin de hacer suyos a cada uno de los que pudiesen estar escuchándolo. Además, esta diatriba, debía redirigirse a cada uno de los círculos cercanos a Hitler; era así como la construcción de un lenguaje enmarañado se convertía en la vía sobre la cual se reelaboraba el árbol genealógico que rodeaba a Hitler, y que, en definitiva no importaba si se encontraba sobre una esfera filial o, si sencillamente se era un simpatizante que aún no encontraba certeza sobre los verdaderos objetivos del movimiento (Arendt, 1998)

Ahora bien, diremos que al observar las disposiciones previamente descritas, se facultará exclusivamente a la propaganda como medio de acción totalitaria. Pero debemos decir que no, claro está. Las imágenes que produce nuestra imaginación sobre los hechos ocurridos durante la segunda guerra mundial, revelan acciones violentas sobre las cuales el terror es el padre de todos los fundamentos. Sin embargo esto sugiere, que lo estimado es ordenar a los individuos para que actúen bajo criterios de adoctrinamiento. Lo que quiere decir que estos movimientos utilizan mecanismos doctrinantes sobre los cuales el mundo exterior sugiere ante el terror y el miedo, cuáles deberían ser los modelos de propaganda, es decir, cuáles deberían ser los parámetros o necesidades sobre las cuales se logrará plena certeza de los fundamentos del movimiento (Arendt, 1998)

Vamos entreviendo cómo este sistema industrializa y perfecciona a su vez el domino del terror. La propaganda es entonces un instrumento para relacionarse con el mundo no totalitario y tiene su talismán, su ofrenda para que sea certero y se lleve a cabo, es decir, el terror como manera sobre la cual el gobierno impera su manera de gobierno:

La propaganda, en otras palabras, es un instrumento, y posiblemente el más importante, del totalitarismo en sus relaciones con el mundo no totalitario; el terror, al contrario, constituye la verdadera esencia de su forma de Gobierno. Su existencia depende tan poco de los factores psicológicos o de otros factores subjetivos como la existencia de las leyes depende en un país gobernado constitucionalmente del número de personas que las violan […] Los nazis no liquidaron a figuras prominentes, como había sucedido durante la primera oleada de crímenes políticos en Alemania (los asesinatos de Rathenau y de Erzberger); en vez de ello, matando a pequeños funcionarios socialistas o a miembros influyentes de los partidos adversarios, trataron de demostrar a la población los peligros que implicaba la mera afiliación a esos partidos (Arendt, 1998: 281-282)

Sobre este enunciado plantearemos que, sigue en entre dicho aquella noción por la cual el ser humano busca diferenciarse de cada uno de sus pares. Esta perspectiva sobre la cual se basan los presupuestos nazistas, demuestra cómo se trata no solo de aterrorizar, sino de aniquilar los distintos sistemas ideológicos, con el fin de, realzar un eslogan propagandístico sobre el cual se declare expreso el deseo ausente de todo tipo de costumbre, o práctica, que determine a los individuos como igualitarios. El cometido, es hacer pasar este discurso sobre la base “racional” de una ciencia profética, es decir, un Adolfo Hitler osado ante miles de coterráneos, declarando ya no lo qué puede pasar al no aferrarse a las certezas del movimiento, sino más bien declarando, a través del terror lo que va a pasar al mejor estilo de Nostradamus…,en definitiva se muestra al discurso cómo, veracidad científica, puesto que, es éste quien “curara todos los males de la existencia y transformara la naturaleza del hombre” (Arendt, 1998: 283).

Al parecer la veracidad y eficacia de éste tipo de propaganda recrea un enlace directo con lo vivido actualmente, en la medida que podemos relacionarlo con el engendro demagógico llamado sociedad, y que como especie, es crédula de todo lo invisible. Es decir que esta relación pasado-presente señalaría la veracidad de los discursos, que tiene como fundamento, homogeneizar las ideas a partir de supuestos y promesas que lograran su validez en su relación con la ciencia. Supuestamente, la validez y certeza se encuentra no en la realidad de los hechos, sino, en la rigidez y consistencia de las estructuras sistémicas sobre las que probablemente son parte. (Arendt, 1998)

Siendo así, tendremos que ver el cientificismo propagandístico cómo la revelación de esa validez y certeza, y además, como medio y fin último de toda esta propaganda, a saber, la unidad nacional:

La misma ingeniosa aplicación de slogans, acuñados por otros y probados anteriormente, se reveló en el trato que los nazis otorgaban a otros temas relevantes. Cuando la atención pública se hallaba igualmente centrada en el nacionalismo, por una parte, y en el socialismo, por otra; cuando se juzgaba que los dos eran incompatibles y que constituían realmente la divisoria ideológica entre la derecha y la izquierda, el «Partido Obrero Alemán Nacional Socialista» (Nazi) ofreció una síntesis, supuestamente encaminada a una unidad nacional, a una solución semántica, cuya doble marca de fábrica de «Alemán» y de «Obrero» relacionaba al nacionalismo de la derecha con el internacionalismo de la izquierda (Arendt, 1998: 291).

Éste edicto, pareciese un montaje apresurado y vacío del imperativo categórico kantiano, en la medida en que parece ser una obligación el adoctrinar las distintas profecías “científicas”. Parece ser que en estos contextos la originalidad y el conocimiento de esta forma de pensamiento, la han desplegado hacia el eje de adoctrinamiento totalitarista y los diversos sistemas absolutistas de poder; aunque en una perspectiva real y coherente, solamente lo han hecho de manera ficcionaria y utópica, pues el verdadero sentido de dicho traslape o plagio epistemológico, era sustentar la trasformación del hombre en algo netamente superfluo, algo completamente opuesto al sentido real kantiano. Y cómo no, si en su totalidad llegaría a ser nada más que un régimen en el que se vive no la contundencia de los hechos y las verdades, sino, la contundencia sistemática de un protocolo demagogo, elevado, soñador, asilado de la total realidad del ahora.

Esta falta de contundencia al parecer si se clarifica en la realidad a través del terror manifiesto cuando se “desea corregir sus propios errores, y se tiene que liquidar a aquellos que los hicieron realidad; si quiere censurar sus errores en otros, tiene que matarles, porque dentro de este marco organizador un error sólo puede ser un fraude: la encarnación del Jefe por un impostor” (Arendt, 1998: 305) es decir que la realidad aparece como ese ente aterrador, dirigente que imposibilita la responsabilidad individual y apetece el asumir las responsabilidades tanto de los delitos, como de las acciones optimas e inocentes, aunque en ese caso bajo una realidad somera y ficticia en la que “la base de la estructura no es la veracidad de las palabras del jefe, sino la infalibilidad de sus acciones” (Arendt, 1998: 314).

Ante este encuadre maléfico y demagógico en el que no era necesario releer a Dante para percibir imágenes llenas de pecado, pútrida agudeza mental y terror intelectual, diríamos, queda algo por hacer. Existiría acaso un crepúsculo para el abismo y las tinieblas. Sería posible adquirir la nomenclatura sobre la cual se unen los pedazos de seres humanos que aún quedaban. O acaso es el principio sin fin, como se dijo previamente, del hombre como mecanismo superfluo. A fin de cuentas, ¿existe alguna posibilidad ante esta infalibilidad? Quizá el mismo imperativo categórico nos demuestre que sí, aunque no de manera concreta y para ahora mismo. Se trata quizá, de no finiquitar el dialogo con la conciencia, es decir, la constante y necesaria necesidad de reflexión, valga la redundancia. Es desapropiar los sentimientos que auguran la falta de valores y, que por ende, se convierten en causales de insatisfacción o daño. En otros términos se deben propiciar mecanismos para la construcción de libertades positivas y no negativas.

2. INESTABILIDAD DEMOCRATICA

Suscitar el tema democrático, podría alentarnos a considerar y atender las distintas maneras y formas de reconocer cada uno de los parámetros y elementos establecidos a través de los cuales, los seres humanos nos organizamos como sociedades coordinadas y altamente codificas. Es por esto que el estudio detallado de las mismas, requiere una eventual genealogía que exprese estos comportamientos y acciones, a tal punto que se logre expresar, no solo la necesidad de una constitución, sino además, entablar un debate deontológico de nuestras posibilidades morales, éticas y claro está, las de derecho.

Por ende, es menester comprender en primera instancia, que la posibilidad de que surjan inestabilidades democráticas está en directa relación con el orden con el que este compuesto la misma, es decir, con su norma fundamental o constitución. Por ende es menester observar aparte de su papel estructurante, el pronunciamiento sobre el conjunto de normas jurídicas que organizan el Estado, de aquí la necesidad de realizar determinadas estructuras con las cuales se logren establecer los lineamientos y parámetros que cada uno de los individuos del Estado, utilizara como herramientas para su desenvolvimiento y acercamiento a una vida más óptima y placentera.

De esta manera se percibe, aunque de manera somera, que el papel preponderante de la constitución y sus lineamientos, serán la conformación estructural de una serie de normatividades jurídicas que empezarían a garantizar las adecuadas condiciones y estilos de vida. Esto quiere decir que éstos, emprenderían una nueva situación o modelo que por su carácter ideológico rompería toda noción concebida acerca de las relaciones y prácticas políticas tradicionales. De allí que podamos pretender utilizar este preconcepto como medida de oposición a los sistemas totalitaristas, en la medida en que es una barrera de defensa contra la libertad positiva. Al respecto:

Existen dos maneras de entender la libertad: la libertad negativa entendida como cesión de poder y la libertad positiva entendida como participación del poder o, lo que es lo mismo, y en términos de Benjamin Constant, la libertad de los antiguos (o política), cuyo fin es la distribución del poder político entre los ciudadanos de una misma patria, y la libertad de los modernos (civil o individual) , destinada a garantizar la seguridad del goce e independencia privada. La democracia moderna puede ser concebida como consecuencia natural del liberalismo si se la considera en su aspecto formal, como gobierno del pueblo, y no en su significado sustancial, como gobierno para el pueblo (Aversa, 2011: 73).

En este orden de ideas, la autonomía y la ley, meramente preconcebidas, pueden ser contempladas a partir de una voluntad general, en la que el vacío de poder por falta de unos lineamientos, se trasformaría en una figura de Soberanía y poder conjunto, que al parecer y en principio no presentaba límites constitucionales sino políticos. La ley entonces, es ilustrada, por un parte, como una herramienta a través de la cual se emiten los derechos además de un aliciente a la libertad positiva; y por otra parte, como la Constitución de sistema de gobierno.

Ahora bien, si partimos del enunciado haideggeriano “el lenguaje es la casa del ser”, podríamos entender que la constitución y sus lineamientos serán el asidero de las leyes, o por decirlo de otro modo, será donde se apropian y se observan en su verdadero sentido. Donde se ejerce su verdadero nivel de certeza.

En el proceso de desarrollo de estos lineamientos, se parte de un propósito firme en el que la socialización de algunos conceptos referentes, darán cabida para que cada uno de los individuos de nuestra sociedad, fomenten una adecuada y útil apropiación de lo que significa el poder ejercer una constitución. Es decir que estos lineamientos serán una vía a través de la cual los individuos de un sistema se acercan y reconocen su propia igualdad y libertad dentro de un determinado contexto:

Al momento de analizar el problema inherente a la relación libertad-igualdad, resulta propicio considerar a la democracia en su sentido ético o sustancial. Para Bobbio, se trata de valores antiéticos, en cuanto no se puede realizar con plenitud uno sin limitar fuertemente al otro, la única forma de igualdad que no solo es compatible con la libertad, sino que es exigida por ella, es la igualdad en la libertad que inspira los principios de la igualdad ante la ley e igualdad de derechos” (Aversa, 2011: 74).

Si observamos detenidamente, e inclusive nos arriesgamos un poco, nos daremos cuenta que el verdadero significado de una constitución no es simplemente constituir un derecho positivo, sino que además constituye la necesidad de que la sociedad y quienes la componen, estén previstos de los elementos adecuados para lograr llegar a un estudio y entendimiento adecuado de la misma. Esto quiere decir que la apropiación se da simple y exclusivamente a través de un estudio juicioso y preciso.

Estos lineamientos, insisten en que el aprendizaje y la relación de los individuos con la constitución, no debe ser simplemente una acción coercitiva, sino que además debe ser funcional en un sentido discursivo y, por otro, fundamental como medio de alcance del entendimiento sobre la base misma de la experiencia y la razón práctica.

De esta manera los lineamientos para el área de constitución y democracia prevalecen y deben ser vistos como un documento netamente educativo y producido con la intención de orientar y convocar a juicios y mecanismos con los que se desenvuelva el individuo autónomamente dentro de unos determinados procesos curriculares

La construcción política y de derecho debería estar en concordancia con la profundización de la democracia. Profundización que no va más allá del intento de determinar cómo hacer posible que las relaciones de poder entre los individuos sean lo más equitativas, solidarias y justas posibles. Pero para que ello se realice, deben anteponerse dos categorías fundamentales, a saber: cambio en la opinión pública y la apropiación e injerencia de la constitución en la vida de todos los colombianos.

Sin embargo, y como se definió previamente, este sistema es proporcional a la realidad y sus cambios. Por ende y ante la deliberada falta de medios adecuados para que estas relaciones funcionen y sean tolerables, se desencadena una nueva búsqueda en la que se tendrá como objeto de análisis el cómo hacerlas tolerables y respetuosas, sabiendo que los individuos de nuestra sociedad presentan una falta grave de principios y valores.

Lo cierto es que este tipo de alteridades entre las partes engendro en nuestros constitucionalistas la idea de profundizar y proponer el cómo impedir que la guerra siga posponiendo la no convivencia placentera y satisfactoria planteada en los mismos principios y valores. Pero para lograr esto debemos centrar nuestro estudio, no solo en los medios con que se expresará la constitución y la democracia, es decir, algunos aspectos o lineamientos; sino también, en lo que es y pueden ser, tanto una constitución, como una democracia:
Establecer una constitución es fijar las reglas según las cuales los ciudadanos eligen a sus representantes, y según las cuales, a continuación, los representantes eligen a quienes ejercerán las funciones que les han sido encomendadas. Por ser una mera construcción legal, todas las constituciones son arbitrarias, y su verdadera justificación radica en su eficacia para organizar la competencia electoral y disciplinar las ambiciones propias de los hombres (Aversa, 2011: 77).

Debemos aducir que este calificativo da un nivel de certeza a esta idea, con lo cual podríamos sustentar que los mecanismos que pueden ser utilizados para organizar y dar garantías a la democracia, y claro está, a los principios fundamentales de nuestra constitución deben ser asumidos íntegramente, de manera adecuada y bajo principios políticos en los que los ciudadanos sean quienes constituyen sus propios medios para adquirir y garantizar el bienestar de su propia sociedad. Esto es un razonamiento de cómo la democracia y la constitución son armas para ejercer el poder sobre nuestra propia conciencia, siempre y cuando ésta este concordancia con los sistemas democráticos, es decir, sistemas abiertos de participación colectiva.

Dentro de estos mecanismos o sistemas, encontramos a la democracia como medio armónico, no solo de inferencia espacial y temporal, sino además como recurso para revalidar lo que puede llegar a ser el fundamento de una reorganización política y constitucional dirigida en pos de lo que hoy por hoy hablamos cada día, es decir, una paz llevadera.

Sin embargo, al mirar los hechos históricos podremos observar que los acuerdos o contratos (constitución y democracia) son fundamentales en apariencia. Y es que son una representación de determinados principios o valores morales que se hacen fijos e invariables en primera medida; y que como segunda medida, aunque fijos, no por ello representan los fines últimos y no contingentes de la sociedad.

Tanto el régimen totalitario, en el que el Estado ampliado absorbe y monopoliza los mecanismos básicos de la organización de la competencia pacífica, como el régimen pretoriano, en el que el Estado se muestra incapaz de contrarrestar los efectos nocivos de una sociedad fragmentada y politizada, se encuentran atrapados en un círculo vicioso: en sus formas más simples las sociedades carecen del principio de compromiso y del sentido de comunidad, lo que obstaculiza el desarrollo de instituciones políticas; en sus formas más complejas, la debilidad e insuficiencia de las instituciones políticas impide el desarrollo y arraigo de esos sentimientos comunes. En estas sociedades las pautas de conducta tienden a perpetuarse, y existen fuertes tendencias que estimulan a preservar esa situación (Aron, 1963; Huntington, 1972).

Hemos visto cómo una democracia está en relación directa con su colectivo. Sin embargo debemos ser aún más claros en la relación entre lo virtuoso-cívico y la democracia, y decir en concreto que se trata de una genealogía que aporta los criterios necesarios para una transformación individual y general de tipo moral, político y, claro está, de todo lo referente a la jurisdicción, jurisprudencia y al mismo discurso jurídico.

Deberíamos ver como esta relación expresa legitimidad y validez a través de nuestra propia experiencia, haciéndonos ver como nuestra conciencia ya haya sido soberbia, corrupta, o al contrario, nos debería llevar a tener la iniciativa de observar que:

Los derechos son una construcción social, a la que no se puede hipostatizar y convertir en hechos. Rectitud significa aceptabilidad racional, aceptabilidad apoyada por buenos argumentos. La validez de un juicio viene sin duda definida porque se cumplen sus condiciones de validez. Pero la cuestión de si se cumplen o no, no puede decidirse recurriendo directamente a evidencias empíricas o a hechos que viniesen dados en una intuición ideal, sino que solo puede esclarecerse discursivamente, justo por vía de una fundamentación o justificación efectuadas argumentativamente. (Habermas, 2001).

Es menester que todos estemos focalizados e instruidos para que este camino constitucional democrático tenga plena certeza y fortaleza. Debemos recordar el enunciado haideggeriano “el lenguaje es la casa del ser”, con el cual podríamos entender que la constitución y sus lineamientos serán el asidero de las leyes, o por decirlo de otro modo, será donde se apropian y se observan en su verdadero sentido. Donde se ejerce su verdadero nivel de certeza. Agregando a esto además, la necesidad de una guía o luz que ilumine y promulgue la misma. Porque, “en la democracia el lugar del poder permanece vacío, y por tanto, la identidad social no es ya pensable bajo la figura de la comunidad, del cuerpo. Es la forma de sociedad que –aceptando la división en todas las esferas de la vida social y política- mejor acoge la libertad política” (Sirczuk, 2014: 10)

BIBLIOGARFIA

 Arendt, Hannah. (1998). Los orígenes del totalitarismo. Buenos Aires: Ed. Alfaguara

 Aversa, Cecilia I. (2011). Los orígenes de la inestabilidad democrática en aron. Revista de Instituciones, Ideas y Mercados, (N°55), pp. 71-99.

 Habermas, Jurgen. (2001). Facticidiad y Validez. Madrid: Ed. Trotta.

 Sirczuk, Matías. (2014). La invención democrática. Una lectura de Lefort. Las torres de Lucca, (N° 5), pp. 7-23.