La esclavitud: Huellas que perduran

Esclavitud_en_America © Carodsp97
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CLIFOR STEFER MATURANA MOSQUERA

La humanidad ha tenido momentos de penumbra en el que ha validado prácticas deshonrosas hacia el mismo ser humano. Quien ha ejercido algún nivel de poder o tiene la posibilidad de llegar a ejercerlo ha demostrado no guiarse siempre por un comportamiento ético frente a sus semejantes.

La búsqueda de factores diferenciadores ha hecho carrera para justificar los tratos injustos hacia ciertos sectores poblacionales, desde las limitaciones físicas, género, color de piel y hasta concepciones religiosas, entre otros, han sido componentes explicativos para justificar un trato desigual.

La validación hace referencia a que su práctica haya sido generalizada y hubiese sido institucionalizada a través de una acción constante y sin mayor contradicción de las fuerzas sociales que tuviesen poder para ejercer alguna oposición. La historia está llena de acontecimientos donde los individuos han tenido que luchar porque les sea reconocido un derecho en igualdad de condiciones que a los demás.

Ello quiere indicar que las sociedades se han construido sobre el desequilibrio, la fuerza vinculante del pacto social, aquella que existe en toda estructura societaria se edifica asimétricamente definiendo obligaciones y derechos distintos para todos.

Se dirá entonces, que no es el caso de los individuos sometidos a la esclavitud por cuanto estos esclavos no hacían parte ni entraban a formar parte del núcleo social al cual se le trasladaba y, por ello, estaba justificado, desde el punto de vista fenomenológico, su trato desigual e injusto sin que pudiera advertirse una transgresión al pacto social forjado.

Con lo anterior, deben de considerarse entonces las diversas formas que originaron las condiciones de esclavitud y su institucionalización en los pueblos: inicialmente por el derecho que se generaba frente a otra persona el haberlo derrotado en guerra, donde el derrotado era apresado y quedaba a la voluntad del vencedor, era en sí como una forma de que a través de su condición de esclavo, este último compensaba la benevolencia del vencedor de no darle muerte en combate.

Así el esclavo era exprimido y explotado miserablemente compensando el explotador las erogaciones que toda guerra conlleva. Esta práctica propició que sociedades guerreras tuvieran gran impulso en extender su alcance a otros pueblos y vivir del sometimiento de los otros.

Se convirtió la esclavitud en un factor de desarrollo para quien explota. Esta práctica se volvió un efecto inexorable del derecho que le asistía al pueblo vencedor y una consecuencia que debía asumir el pueblo vencido.

Visto los réditos que genera el sometimiento de las personas, se amplío su concepción como una práctica general de negocios. Con el tiempo la práctica de la esclavitud no se invocó exclusivamente para los vencidos en guerra sino que se extendió hacia aquellos que dejaban o abandonaban el cumplimiento de sus obligaciones comerciales. Se generan así los primeros esclavos institucionalizados desde el mismo pacto social.

Ya no es un pueblo o un ciudadano foráneo el que esclaviza al otro, desde el interior de la misma sociedad es el ciudadano con poder el que puede esclavizar con “justo derecho[1]” a otro.

Luego, sin hacer uso de un hilo conductor preciso del factor temporal, apareció un fenómeno de explotación y de esclavitud mucho más amplio, con este fenómeno los pueblos del continente europeo desarrollaron una nueva concepción originaria de la condición de esclavo, ya no era necesario una guerra, no se requería incumplir una obligación, bastaba el descubrimiento, como si aquel encuentro fuese una petición o un socorro de quien es esclavizado.

El descubrimiento de una porción de territorio daba el derecho sobre todo lo que estuviera dentro de esas fronteras, incluidas las personas. No tenían que haber luchado, no tenían que haber contraído una obligación e incumplirla, su presencia, como si fuera divina, si existe alguna, le hacía merecedor de derechos sobre los mismos. Así se doblegó a los aborígenes que habitaban este continente americano y se les arrebató la conexión que tenían sobre la tierra.

Mención especial merece la esclavitud del pueblo negro; perseguidos y cazados en el corazón del continente africano, embarcados y trasladados en infrahumanas condiciones al continente americano y forzados a trabajar inmisericordemente en sustitución de la fuerza aborigen ya doblegada y disminuida.

Con la esclavitud la humanidad eliminó las fronteras de la mesura y contención ante las pretensiones económicas y sociales. Miles de años después de haberse reseñado los primeros comportamientos institucionalizados de esclavitud, las huellas de dolor e irracionalidad perduran.

Con la esclavitud las sociedades asumieron y sus integrantes aprendieron que es posible y hasta justificable limitar el goce de los derechos de las personas, que no es suficiente razón ser persona para pretender el acceso a los derechos que consagra el pacto social, sino que es necesario corresponder de buena manera con el amoldamiento que comparte o pregona la mayoría.

Con la esclavitud se dio lugar a la más grande deshumanización del ser humano, con la esclavitud se transformó perjudicialmente a la sociedad, con la esclavitud se incrustó un mal cuya herencia y derivaciones son las diferentes formas de explotación con las que hoy en día convivimos: trata de personas, esclavitud sexual, esclavitud económica, violencia de género, entre otras más.

Estas nuevas formas de explotaciones surgidas como derivación de la esclavitud, más transversales en la población y siendo los factores que los generan aún más variados, se presenta con toda la severidad de sus efectos en quien lo sufre.

La esclavitud como institución desapareció pero sus huellas imborrables se mantienen.

El contrato social existente desde entonces se amoldó a esta forma extraña de ver a la humanidad, el ser humano no es por lo que es sino por lo que se quiere que sea. En este sentido, los derechos pueden limitarse y la condición de persona aún puede reducirse. Son formas de entender a la humanidad que se conservan, son huellas que perduran, son postulados que se nutren y se transforman, al que se puede se le somete.

La esclavitud se convirtió en una marca persistente, que se atenúa pero que perdura. Transformó al ser humano, lo volvió preso de sus rencores y eliminó los límites de sus actuaciones.

La esclavitud hoy en Colombia tiene diferentes manifestaciones; la racial sufrida principalmente por la población indígena y negra y la económica que conlleva a la explotación sexual de niños, jóvenes y adultos que se han transformado en objeto apetecible en el mundo del tráfico de personas. Aquí debe tenerse presente que Colombia es uno de los países de mayor tráfico de personas con fines de explotación sexual y esta actividad es fuente de gran flujo de divisas en regiones del país.

Las huellas que perduran de la esclavitud está referido entre otros a ello, el ser humano aprendió a someter al otro, no se requiere ya que sea institucionalizado, su existencia se mantiene presente.

Las huellas que perduran de la esclavitud está referido a la marginalidad que se siente para cierta población, no caben dudas que las poblaciones más afectadas de la esclavitud son la comunidad indígena y la negra y, aunque la mayoría de las personas del país tiene un poco de la una y de la otra, los mínimos o grandes rasgos son factor diferenciador.

Las huellas que perduran de la esclavitud son tan fuertes que hacen que se propicien diferencias donde no se haya justificaciones, si existe alguna, para haberlas.

  1. Este “justo derecho” está referido a la institucionalización de la práctica de esclavitud ya reseñada y la concepción generalizada de que su práctica estaba justificada.

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